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lunes, 23 de febrero de 2015

Humo

Para el proyecto de febrero (y por ende de San Valentín) tocaba escribir un relato romántico/erótico y ante aquel dilema me encontraba yo cuando escuché las primeras notas de una canción que se remonta a mi infancia y que nunca comprendí del todo. Hasta ahora. Así que dejé madurar la idea, siempre a fuego lento, mientras esta historia comenzaba a tomar forma entre mis dedos y la tinta de mi bolígrafo.
Pues bien, aquí está. Para los que conozcáis la melodía, que lo disfrutéis; para los que no, bienvenidos.


Entró en el bar con paso decidido, aquella era su noche. El humo se arremolinaba frente a él, atrayéndole hacia el interior como un canto de sirena. El olor a tabaco y a alcohol viejo flotaba en el aire enrarecido, embriagador. La música que se filtraba por los altavoces era lenta, baja, insinuante; enlazando todas las conversaciones cual hilo conductor.
Caminó hasta el tablado, al fondo de la sala, donde ya se encontraban el resto. Un par de miradas envenenadas se cruzaron con la suya mientras desenfundaba su guitarra. En realidad no llegaba tan tarde, era más un...retraso de cortesía...
Sin embargo, en cuanto subieron al escenario, poco importaron aquellos reproches silenciosos. Estaba en su elemento. Las tensas cuerdas ansiosas bajo sus dedos; el quedo murmullo de la gente antes de los acordes iniciales; la calurosa luz de los focos, siempre deslumbrante, obligándole a bajar la vista. Todo se fundía dentro de él, seduciéndole con aquella turbadora sensación que ni el alcohol ni el tabaco lograban imitar. Una tenue media sonrisa comenzó a extenderse por sus labios al tiempo que resonaban los  primeros toques de baqueta. Era la hora.
Cerró los ojos y se dejó llevar. Lentamente, casi con pereza, rasgueó las cuerdas de su guitarra, sintiendo la cadencia de cada una de las notas que escapaban de sus dedos. Las palabras acudieron a sus labios casi sin querer, vertiéndose sobre el anticuado micrófono e inundando el local con su voz algo ronca. Era una de esas canciones que ni siquiera crees recordar y, aun así, cantas sin saber de dónde viene esa letra en tu cabeza.

“Me llega la hora, sonrío y camino. Sé que estás sola sonrío y te miro.”

Sus párpados volvieron a aletear con voluntad propia, permitiéndole vislumbrar las caras que poblaban el oscuro salón. Deslizó la vista entre los rostros obnubilados, liberando la sonrisa que florecía en su boca. Solía causar ese efecto.

“La mesa sujeta tu cuerpo de reina. Reposo tranquilo y cruzo las piernas.”

Unos ojos especialmente brillantes capturaron su mirada. La culpable, una señorita. Cómo no. Pero una particularmente guapa, debía admitir.

“Acerco las manos, deslizo los dedos, me siento a tu lado, te quito el sombrero.”

Se recreó en sus facciones de ángel, incapaz de centrarse en nada que no fuera ella, y cató aquellos labios rojos con la vista, fruncidos en un delicioso mohín de concentración. No cabía duda de que le escuchaba con toda su atención, y, al parecer, le gustaba lo que oía.

“Estás quieta, miedosa y fría. Yo sé lo que piensas, te sabes mía.”

Fascinado como estaba, memorizando cada recodo, cada tono, de su nueva musa, no pudo obviar el leve rubor que comenzó a florecer en sus mejillas en cuanto ella se supo observada. Él le regaló una sonrisa lenta, con sabor a promesa, y un guiño rápido; a lo que ella correspondió con un rojo todavía más intenso.

“Dame de esa boca lo que nadie me dio, regálame un recuerdo con tu sabor. Que nazca de tus labios y resbale después, permíteme que pueda de tu cuerpo beber.”

Él continuó cantando como si nada hubiese pasado, como si no le estuviera dedicando hasta la última letra que abandonaba sus labios, como si cada palabra que pronunciaba no fuera una declaración de intenciones. Siempre con la misma cadencia ronca, siempre sin despegar la vista de ella.

“Te callas y miras. Estás seria, muy seria; pero no te escondes, con gusto respondes.”

Y, sin embargo, ella no desviaba aquella mirada hipnótica. Muy al contrario, se la devolvía con creces, sin pensar por un instante en ocultarse al amparo de las sombras. Y él no podía dejar admirarla, acechándola bajo sus pestañas cuando la luz de los focos se volvía demasiado brillante.

“Me gusta que esperes. No te desvistas. Soñar tus placeres, tenerte a la vista.”

La brisa procedente de un ventilador hacía revolotear ociosamente algunas ondas de su cabello, trazando suaves caricias sobre sus hombros desnudos. Ella no hacía nada por evitarlo, y él se descubrió celoso de aquellos mechones rebeldes que podían besar la piel con la que él solo podía soñar.

“Y cierro los ojos, sabiéndote mía. Me olvido del tiempo, disfruto y te siento.”

Una sonrisa sutil comenzó a intuirse en los labios de ella; casi imperceptible al principio, pero más descarada después. No era una sonrisa de rendición. Era una sonrisa de invitación, de muchos tal vez y algún quizás. Era la muda promesa de una noche en vela.

“Me sabes a siempre, y siempre me sabes. No quiero fallarte ni que tú me falles.”

Él asintió con suavidad, una extraña calidez ya fluyendo por sus venas como si de un trago de más de mil años se tratase. Ya no estaba seguro de si lo que cantaba era la misma canción o sus sentidos hechos voz. Lo que sí comprendía es que no podía parar. No sabía, no quería y volvía a no poder.

“Dame de esa boca lo que nadie me dio. Regálame un recuerdo con tu sabor. Que nazca de tus labios y resbale después, permíteme que pueda de tu cuerpo beber.”

El vértigo se deslizaba sobre su piel, arañándole al pasar, provocándole escalofríos que le hacían delirar. El calor de los focos hacía que la cabeza le diera vueltas, creando la frágil ilusión de que ellos dos eran los únicos seres vivos en aquel bareto destartalado. Qué más daba. Lo cierto era que el resto debía estar muerto para no sentir aquello.

“Y aquella luz sobre su boquita, aquel sabor nadie me lo quita.
Y aquella luz sobre su boquita, aquel sabor nadie me lo quita.”

Ella se llevó la copa a los labios, sorbiendo por aquella pajita retorcida con deliberada lentitud. En ningún momento desligó la mirada de la suya, sabedora de lo que estaba haciendo con él. De esa tortura exquisita que amenazaba con arrebatarle la poca cordura que aún le quedase.

“Dame de esa boca lo que nadie me dio. Regálame un recuerdo con tu sabor. Que nazca de tus labios y resbale después, permíteme que pueda de tu cuerpo beber.”

Las últimas cadencias se deshicieron en el aire igual que una bruma espesa; se mezclaron con el aroma a alcohol viejo y el humo de tabaco como si siempre hubieran pertenecido a allí.
Ella se levantó con ademán seguro y se dirigió a la puerta meciendo las caderas con la seguridad de una victoria, sabedora de que él no tardaría mucho en llegar.
Él se bajó del escenario algo tambaleante, abandonando la guitarra sobre un amplificador averiado. Sus compañeros le gritaron algo con tono airado pero él no podía oírlos. Caminaba hacia ella como si la vida le fuera en ello. Y quizá le iba.